Al otro lado de las montañas.

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Texto de Francisco Carpio incluido en el catálogo de la exposición Life in motion, de Christian Voigt

“Alguien dijo que había ciudades para soñar / al otro lado de las montañas. / No dijo si estaban suspendidas en el aire, sumergidas en las lagunas / o perdidas en el corazón del bosque”.  Álvaro Cunqueiro

Estas palabras de una de las voces más personales de nuestra literatura contemporánea nos transportan directamente a esa capacidad humana, tan mágica y panteísta, de volar y soñar, más allá de las paredes de nuestra realidad. Ciertamente siempre existirá un lugar, una ciudad, un corazón o un sueño que descubrir al otro lado de las montañas… Acaso viajar sea eso.

Eternamente en el camino

Lo que sí es, sin duda, es trazar –y sobre todo, fijar- una acotación en el tiempo y en el espacio que nos circunda, como un lapso para desplegarnos ajenos a lo cotidiano, creando un marco diferente, con sentido propio. Viajar es estar quizás eternamente, en el camino -bien lo sabía Jack Kerouac, y sus compañeros de generación Beat -.

Viajar es siempre necesario. Se viaje por dentro o por fuera. Por los senderos bifurcados de la mente, del sueño, de la visión, de las emociones o por los lugares que transitamos con la verdad de nuestros pies. Y –ya lo dijo Kavafis- del viaje lo importante no es llegar a parte alguna, sino su curso en sí, la experiencia vivida en el tránsito. “Ten siempre en la memoria a Itaca. / Mas no apresures el viaje. / Mejor que se extienda largos años / y en tu vejez arribes a la isla / con cuanto hayas ganado en el camino…”

Es un reto ético y estético, artístico y vital. Y es dentro de esta ética –y de esta estética- donde numerosos artistas han ido enriqueciendo y ampliando su indagación inicial, al incorporar nuevos espacios, nuevos países, nuevos territorios, cruzando barreras y límites, aduanas reales, pero también esas otras que se atraviesan desde la dinámica quietud del viaje inmóvil. Y lo han hecho para explorar la nueva geografía sin fronteras que dibuja nuestro Planeta Tierra y su inquietante reflejo, nuestro Planeta Arte.

Estoy seguro de que esta es también la voluntad y la vocación de Christian Voigt. Sus fotografías se convierten en registros emulsionados de un personal y orgánico cuaderno de bitácora que se va nutriendo paulatina y empíricamente de esos espacios, de esos países, de esos territorios. La suya es la mirada de un fotógrafo viajero, pero en modo alguno es –dejémoslo ya bien claro desde el principio- la de un simple fotógrafo de viajes. En un tiempo como el nuestro, tan global y tan necesitado de espejos de identidad, viajar ya no es lo que en su momento fue,  cuando los primeros viajeros del Grand Tour iniciaron su periplo personal y universal. El equivalente contemporáneo del viajero decimonónico sería –tristemente- el turista, una versión de todo punto espuria, o cuando menos una débil sombra, de lo que era recorrer la geografía del mundo y recorrer la otra geografía de las experiencias que generaba. Sin embargo, afortunadamente, la necesidad del viaje no ha desaparecido.

La marca de agua de sí mismo

Hagamos, pues, un pequeño ejercicio de optimismo, y pensemos que, con un espíritu no muy diferente al de los antiguos viajeros románticos, sigue habiendo, como es el caso de Voigt, auténticos cazadores de vida que recorren una doble orografía, la que conforma el mundo, pero también la que define su propia aventura humana.  Y esa vida se nos representa en sus obras, traducciones visuales de un flujo en continua acción, capturas de una experiencia que se despliega por el papel fotográfico, fragmentos de la memoria de lo que ha visto el ojo de la emoción a través del ojo de la cámara. La vida en movimiento.

De esta forma, lejos de cualquier afán meramente documentalista, nuestro fotógrafo se enfrenta a los lugares visitados –y a las personas que los habitan- estableciendo un diálogo directo y sincero, trasladando a sus obras las percepciones y emociones vividas, las sensaciones y deseos sentidos en cada momento. Esto nos lleva, sin duda, a subrayar la que es una de sus señas de identidad creativa más referenciales: la certidumbre de que en todas y cada una de sus fotografías podemos percibir su propia presencia, incluso en aquellas en las que pareciese que su gran objetivo hubiera sido únicamente reflejar una belleza natural o humana; una presencia sutil pero plausible, recóndita pero localizable, impresa como si fuera la marca de agua de sí mismo.

Una rima perfecta

Si hablábamos del viaje no podemos en modo alguno dejar ahora de recordar su rima perfecta: el paisaje. Otro de los factores que definen sus fotografías. La (re)presentación del paisaje ha encontrado nuevos tratamientos e intenciones, trascendiendo lo estrictamente documental y convirtiéndose en uno de los grandes y épicos temas de la fotografía contemporánea. Una nueva mirada fotográfica hacia el paisaje que da cabida a nuevas visiones que conviven con las representaciones escenográficas, románticas, exóticas o sublimes más tradicionales. Y al mismo tiempo introduce una dimensión de experiencia personal que individualiza la idea típica y arquetípica de representación de una geografía, para significarse como una percepción más flexible, expandida y sobre todo experimentada.

Esta genealogía de fotógrafos, -a la que pertenece por derecho propio Christian Voigt-, es la que convierte sus imágenes en miradas reflexivas a través de las que el ser humano conecta con los espacios que habita y transforma. Una voluntad que estoy seguro le mantiene en constante estado receptivo, caminando –a la vez con las yemas de sus pupilas y con las gastadas suelas de sus zapatos-  en una suerte de deriva creativa que le permita conectar el estado mental con el estado físico.

Es entonces cuando se produce esa rara epifanía en la que el –buen- fotógrafo, frente al sujeto, es capaz de ver más y también más allá de la simple mirada de un contemplador. Así, unos ajados edificios en Burma, el llanto de espuma y agua de unas cataratas en Laos, la memoria petrificada de lo que un día fueron templos animados en Cambodia, el iluminado hormiguero de la noche de Saigón, la fría quietud de una pagoda china o el puñetazo de la vida sobre el espejo del Nilo, la belleza de la seda derramada sobre el suelo veneciano, o incluso el teatro de sangre de un mercado de carne en Bután, todo eso y más se alinea como por arte de magia del arte ante el visor de su mente y también el de su cámara y le permite capt(ur)ar  la imagen deseada, con toda su profundidad de campo óptica, pero también artística y humana.

El paisaje, tal como aparece representado en estas fotografías no es el espacio físico en el que nos encontramos, sino más bien el resultado de una experiencia estética en la que se funden naturaleza y cultura. La mirada del fotógrafo lo convierte en otra realidad, en una auténtica geo(foto)grafía emocional.

Geografía humana

Por otro lado, sus fotografías –como creaciones culturales- no dejan de tener un carácter de construcción. Es bien sabido que el concepto paisaje es un constructo, una elaboración mental que realizamos a partir de “lo que se ve” al contemplar un territorio, un país. El paisaje no es, pues, únicamente el ámbito “real” y físico de la naturaleza, es asimismo el resultado de la intervención que la historia, es decir el hombre, ha operado sobre él. Porque eso es lo que son en esencia sus paisajes: no sólo representaciones de la Naturaleza, también son representaciones de la huella que el hombre ha impreso sobre ella en la forma de arquitecturas, edificaciones, ciudades y monumentos. Geografía sí, pero, quizás sobre todo, geografía humana.

Igualmente, la colosal magnitud –física y emocional- de los escenarios naturales y humanos que captura con sus imágenes fotográficas, unido a la no menos impresionante amplitud y escala de los formatos elegidos me lleva a relacionar sus obras con el concepto estético de lo Sublime.

“Lo sublime” –nos dirá Kant en su Crítica del Juicio- “no está contenido en ningún objeto de la naturaleza, solo en nuestra mente, ya que podemos hacernos conscientes de nuestra superioridad con respecto  a la naturaleza exterior en tanto que lo hemos sido con respecto a nuestra naturaleza interior…”

Esa idea-pulsión de lo sublime, que desde finales del siglo XVIII,  coincidiendo con la emergencia del Romanticismo, empujará a tantos artistas a emprender el largo viaje de su búsqueda a través de, por, para y en la naturaleza, está bien presente en estas obras. Paisajes que plantean un atrayente y complejo diálogo entre el mundo encendido (lo real) y el mundo incendiado (lo imaginado). 

Otro explorador de lo sublime, Gaspar David Friedrich –por cierto, compatriota de Christian Voigt, lo que le sitúa de facto dentro de esta tradición estética tan germánica-, dirá también: “un pintor debe pintar no sólo lo que ve ante sí, sino también lo que ve en el interior de sí mismo”. Y eso es lo que yo creo que son en esencia estas fotografías: un retrato introspectivo y dual de lo que Voigt ve al contemplar esos escenarios pero también de lo que “ve” en el interior de sí mismo.

 

Francisco Carpio

 

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