Un buen día tropecé con la obra de Oliver Czarnetta

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Un buen día tropecé con la obra de Oliver Czarnetta de forma absolutamente casual. Visitando una feria de arte me encontré, en el stand de una galería alemana que no conocía, ante unas esculturas en resina transparente, con la forma de una cabeza de tamaño natural aunque totalmente lisas en su superficie. Su interior se disponía de forma estratificada creando así capas en las que estaban impresos misteriosos mensajes en forma de letras, números, flores. Todas tenían cara. Había algo en aquellas esculturas que me hacía reflexionar sobre todo aquello que todos tenemos dentro de la cabeza, o de la mente, y que probablemente es una mezcla de lo que naturalmente nace en nuestro propio interior con aquello aprendemos y todo lo que observamos de forma consciente o inconsciente e interpretamos.

Años después al formar mi propia galería y elegir los artistas que quería representar contacté con Oliver Czarnetta. Su respuesta fue inmediata. Comenzamos a trabajar juntos. Tras participar en “Contemporáneo”, una exposición colectiva en la que presentamos los nuevos artistas de la galería Lucía Mendoza y, dado el éxito entre el público, ha llegado la hora de realizar su primera exposición individual.

Oliver Czarnetta estudió historia del arte y filosofía y simplemente no pudo mantener una posición como mero observador. Su compromiso con el arte era, es, mucho mayor.

Siendo su obra tremendamente espontánea en cuanto a los materiales, la ejecución y el oficio que Czarnetta emplea con ambos, se intuye en ella un discurso que trasciende y fundamenta una simplicidad tan sólo aparente. Quizá sea su profundo conocimiento del arte y la filosofía lo que le conduce al replanteamiento de absolutamente todo. Y quizá por ese exceso de disciplina en sus estudios, se sienta “obligado” a dejar el desarrollo de su práctica al azar, a tratar de actuar con absoluta libertad ante las formas, los conceptos, incluso los materiales.

Su preocupación por la relación del hombre tanto consigo mismo como con los que le rodean, esos que él mismo llamará “espectadores”, se convierte en hilo conductor de su discurso artístico. Parece concebir a unos y otros como energías que interactúan entre sí de forma positiva y/o negativa pero siempre influenciándose, condicionándose entre sí. 

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